EL SONIDO DE LAS OLAS
“A mí me preguntaban: ¿qué quieres ser cuando grande? Y yo decía: “Extranjera”.
Título: El sonido de las olas
Autor:
Margarita García Robayo
Género:
novela literaria
Año
de publicación: 2020
—Quiero irme
de este hueco, no hay nada que hacer acá.
—¿Qué
hueco?
—Colombia.
—¿En dónde
escuchaste eso? ¿Por qué hablas así? —Todo esto me lo decía en un tono
burlesco, sabiendo perfectamente que a mis escasos 15 o 16 años no tenía ni
idea de nada.
—De ningún
lugar…
Mi papá
guardó silencio.
—Mis amigos
también se quieren ir.
Mi papá
siguió con lo suyo: tomando whisky con mi tío Jorge mientras en mi mente estaba
solo el deseo de volver a ese país del norte, a esa ciudad que nunca duerme.
Esta conversación es una de las tantas cosas que
recuerdo de mi juventud. Empecé a viajar desde los 13 años, lo que explotó en
mí ese deseo inagotable de irme de manera definitiva de Colombia. Cada vez que
tenía una oportunidad, y con ayuda de mis padres, claramente, me iba a donde
unos tíos que residían en su momento en el estado de Nueva York. Lo hacía como
un modo de escape, de eso que llaman ahora “fingir demencia” y dejar por un
pequeño tiempo la realidad que me mataba cada día más en Barranquilla, como el
colegio católico que me fue impuesto y mis compañeros de clases insoportables.
Margarita García Robayo supo plasmar este
sentimiento en sus tres novelas que comprenden El sonido de las olas: Hasta que pase un huracán, lo que no aprendí y educación sexual. Dichas novelas
tienen como punto central a unas protagonistas que están cansadas de su
realidad, de la ciudad, de las personas, de su familia y que de alguna forma
buscan un modo de escape, aunque esto implique que entren en una zona de
riesgo.
La autora tiene ese poder de escribir sobre la
intimidad con una prosa hermosa, ligera y con toques de comedia. Como lector
colombiano, me llegué a sentir plenamente identificado con cada una de las
protagonistas cuyo contexto social y geográfico no solo se asemejaba a mi
vida, sino seguramente a muchos de los colombianos que habitan en la costa
caribe colombiana.
Hasta que pase un huracán, la protagonista espera que ese periodo de crisis en el cual se encuentra llegue a su fin. Fija su mirada en el horizonte, sabiendo que más
allá hay nuevos mundos por explorar. En lo que no aprendí tenemos a Catalina, una niña que, en cierta forma, se siente atrapada en una familia en la cual ella se siente diferente. En Educación sexual tenemos a la
protagonista que, al estudiar en un colegio católico, tiene que seguir ciertos
modos de vida impuestos por la religión, llegando a cuestionarlos, mientras un amor imposible se aparece en su vida.
Cada una de las 3 novelas tiene su propia historia, pero a la vez siento que se entrelazan, en donde sus personajes viven una misma
realidad que les resulta ajena y que merecen mucho más de lo que tienen.
Resulta imperante que cualquier colombiano, más si se encuentra fuera de
Colombia, lea este libro. La autora no deja de sorprender con su habilidad
para involucrar a los lectores dentro de la historia. Su fortaleza es
justamente esa: hacer que el lector sea un personaje más.
Frases resaltadas del libro:
“Lo bueno y lo malo de vivir frente al mar es exactamente lo mismo: que el mundo se acaba en el horizonte, o sea que el mundo nunca se acaba. Y uno siempre espera demasiado”.
“A mí me preguntaban: ¿qué quieres ser cuando grande? Y yo decía: “Extranjera”.
“¿Si el rumbo era incierto, cómo sabían cuál era la mitad del camino?”.
“ Huele a frito, huele a ron, huele a ciénaga podrida, huele a pobre”.
“Y con el tiempo pasó la tristeza, pero me llené de lástima (...) otra vez por mí, muchas veces a lo largo de la vida, cada vez que volví a perder a alguien que ni siquiera me importaba”.
“Entonces me concentraba en el horizonte, que a esa hora estaba vacío”.
“las personas confunden lo raro con lo malo porque no entienden”.
“—Un viejo no puede estar aislado, Catalina. —¿Acá se está aislado? —Nadie quiere morirse solo”.
“Pero nadie podía desaparecer para siempre. En todas las reencarnaciones, además, quedaban rastros de vidas anteriores. Recuerdos brumosos que se confundían con los sueños”.
“De hecho, al menos para mí, siempre sería menos el tiempo de su no existencia que el de su existencia. Me pregunté si la conciencia de esa cuenta negativa —un día contra setenta y ocho años, un año o diez o veinte o cincuenta años contra setenta y ocho años— hacía que se extrañara menos a las personas”.
“Mis recuerdos eran como esos sueños imposibles de reconstruir porque el solo esfuerzo es doloroso”.
“El recato era una virtud en degradé que empezaba en México y se deshacía en Argentina. Colombia estaba situada, estratégicamente, en el punto medio”.
“Acto
seguido, cayeron piedras de fuego que derribaron nuestra embarcación a pocos
kilómetros de Cádiz. Volamos en pedazos infinitos que encandilaron mi visión
por un instante y que luego se deshicieron en el aire, como una estúpida
esperanza”.
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