EL OLVIDO QUE SEREMOS

 


Título: El olvido que seremos
 Autor: Héctor Abad Faciolince
 Género: Novela biográfica
 Año de publicación: 2005

“Después llegará ese tremendo borrón, porque somos tierra fácil para el olvido de lo que más queremos. La vida, aquí, están convirtiéndola en el peor espanto. Y llegará ese olvido y será como un monstruo que todo lo arrasa, y tampoco de tu nombre tendrán memoria”.

“Sobrevivimos por unos frágiles años, todavía, después de muertos, en la memoria de otros, pero también esa memoria personal, con cada instante que pasa, está siempre más cerca de desaparecer”.

Desde que murió mi madre en abril de 2021, he notado que algunos recuerdos de ella se han ido desvaneciendo poco a poco. Esto ha generado un sentimiento de culpabilidad, pues tenía la idea de que, después de su muerte, ella se iba a aferrar más en mi mente. Pero no, su presencia, año tras año, se ha vuelto una imagen borrosa. Sentimientos de inquietud y tristeza se han apoderado de mí todo este tiempo, confirmando que el olvido también duele.

Acá entra en juego uno de los poderes que tiene la lectura, el cual es acompañarte en los dolores más profundos y poder aminorarlos un poco. Al leer El olvido que seremos, pude llegar a comprender que, después de la muerte, vamos a ser olvidados de alguna u otra forma, lo cual no es algo negativo, sino algo que hace parte del ciclo natural de la vida. Con el pasar de los años, la presencia de aquellos que no están físicamente presentes se hace más tenue, llegando incluso a pasar desapercibida en momentos clave en nuestras vidas.

El autor, consciente de esto, escribe El olvido que seremos, buscando que esa figura del médico, profesor y activista social, que era su padre, se mantenga y no quede en el olvido. Una idea fabulosa, pues la escritura resulta en una terapia que tiene dos resultados: hacer catarsis de todo el dolor que tenía guardado y también fijar la presencia de su padre, y no dejarlo en el olvido tan pronto después de su asesinato.

El autor plasma todo esto en este libro cargado de nostalgia, pero no llegando al extremo del llanto.  Es una nostalgia escrita en una hermosa prosa que te lleva por el camino de la vida del autor y su relación con su padre. Una relación que sobrepasa lo común, lo que hace la historia mucho más intensa. La historia familiar tiene como telón de fondo un contexto bien complejo: la violencia que había en Colombia en los años 80. Una época donde la libertad de expresión podía generarte amigos o enemigos, y donde las desapariciones y asesinatos estaban a la orden del día.

Al terminar la obra, nos damos cuenta de uno de sus puntos principales, el cual es: mientras sigamos hablando de quienes amamos, nunca se habrán ido del todo.

Un libro recomendado para todos aquellos a los que les gustan las novelas biográficas cargadas de emociones, tragedia y tristeza. A todos aquellos que hayan sufrido, y estén sufriendo, la violencia que ha acompañado a Colombia durante muchos años.

Un dato curioso y relevante es que el título del libro está tomado del primer verso de un soneto de Borges que Héctor Abad Gómez tenía escrito a mano en su bolsillo al momento de su asesinato.

En una entrevista, Héctor Abad habló un poco sobre el libro. Una de las cosas que más me llamaron la atención fue cuando respondió por qué estas historias gustan, respondiendo lo siguiente:

“A veces algunas historias pegan; creo que en Colombia se leyeron mucho porque había muchas víctimas sin voz, se habían escrito muchas historias desde el punto de vista de los matones (...) y no se habían escrito muchos libros desde el punto de vista de las personas que reciben las balas. Muchas se sintieron reivindicadas por la historia de un hombre bueno que matan injustamente”.

https://www.youtube.com/watch?v=e6z-HdIeGuM

 

Algunas de mis frases subrayadas:

“El niño, yo, amaba al señor, su padre, sobre todas las cosas. Lo amaba más que a Dios. Un día tuve que escoger entre Dios y mi papá, y escogí a mi papá”.

“Es una de las paradojas más tristes de mi vida: casi todo lo que he escrito lo he escrito para alguien que no puede leerme, y este mismo libro no es otra cosa que la carta a una sombra”.

“La fe o la falta de fe no dependen de nuestra voluntad, ni de ninguna misteriosa gracia recibida de lo alto, sino de un aprendizaje temprano, en uno u otro sentido, que es casi imposible de desaprender”.

“Porque si el alma equivale a la mente, o a la inteligencia, es fácil de demostrar (basta un accidente cerebral, o los abismos oscuros del mal de Alzheimer) que el alma, como dijo un filósofo, no solo no es inmortal, sino que es mucho más mortal que el cuerpo”.

“Nunca me he sentido bueno, pero sí me he dado cuenta de que muchas veces, gracias a la benéfica influencia de mi papá, he podido ser un malo que no ejerce, un cobarde que se sobrepone con esfuerzo a su cobardía y un avaro que domina su avaricia”.

“La felicidad está hecha de una sustancia tan liviana que fácilmente se disuelve en el recuerdo, y si regresa a la memoria, lo hace con un sentimiento empalagoso que la contamina y que siempre he rechazado por inútil, por dulzón y en últimas, por dañino para vivir el presente: la nostalgia”.

“Los años, las palabras, los juegos, las caricias se han borrado, y sin embargo, de repente, repasando el pasado, algo vuelve a iluminarse en la oscura región del olvido. Casi siempre se trata de una vergüenza mezclada con alegría, y casi siempre está la cara de mi papá, pegada a la mía como la sombra que arrastramos o que nos arrastra”.

“Lo más devastador para la personalidad eran la simulación o el disimulo, esos males simétricos que consisten en aparentar lo que no se es o en esconder lo que se es, recetas ambas seguras para la infelicidad y también para el mal gusto”.

“Nuestra felicidad está siempre en un equilibrio peligroso, inestable, a punto de resbalar por un precipicio de desolación”.

“Hay períodos de la vida en los que la tristeza se concentra, como de una flor se dice que sacamos su esencia, para hacer perfume, o de un vino su espíritu, para sacar el alcohol. Así a veces en nuestra existencia el sufrimiento se decanta hasta volverse devastador, insoportable”.

“Las enfermedades incurables nos devuelven a un estado primitivo de la mente. Nos hacen recobrar el pensamiento mágico”.

“La vida, después de casos como este, no es otra cosa que una absurda tragedia sin sentido para la que no vale ningún consuelo”.

“Hasta en el límpido cielo del verano habrá siempre en alguna parte del horizonte, para nosotros, una nube negra”.

“No es la muerte la que se lleva a los que amamos. Al contrario, los guarda y los fija en su juventud adorable. No es la muerte la que disuelve el amor, es la vida la que disuelve el amor”.

“Una confianza optimista muy marcada en la bondad de fondo de los seres humanos, si no está atemperada por el escepticismo de quien conoce más en profundidad las mezquindades ineludibles que se esconden en la naturaleza humana, lleva a pensar que es posible edificar el paraíso aquí en la tierra, con la «buena voluntad» de la inmensa mayoría”.

“Cuando uno lleva por dentro una tristeza sin límites, morirse ya no es grave”.

“El peor agente nocivo, el que más muertes ocasionaba entre los ciudadanos del país, eran los otros seres humanos”.

“La alternativa va siendo cada vez más clara: o nos comportamos como animales inteligentes y racionales, respetando la naturaleza y acelerando en lo posible nuestro incipiente proceso de humanización, o la calidad de la vida humana se deteriora”.

“Las especies que no cambian biológica, ecológica o socialmente cuando cambia su hábitat están llamadas a perecer después de un período de inenarrables sufrimientos”.

“Vivir simplemente para gozar es una legítima ambición animal. Pero para el ser humano, para el Homo Sapiens, es contentarse con muy poco”.

“Se ignora que el valor es virtud de los inermes, de los pacíficos —nunca de los matones—, y que a última hora las guerras las ganan siempre los hombres de paz, nunca los jaleadores de la guerra. Solo es valiente quien puede permitirse el lujo de la animalidad que se llama amor al prójimo, y es lo específicamente humano”.

“La herida está ahí, en el sitio por el que pasan los recuerdos, pero más que una herida es ya una cicatriz”.

 

 

 

 


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