LOS MUCHACHOS DE ZINC
Título: Los muchachos de zinc
Autor:
Svetlana Alexiévich
Género:
Literatura documental.
Año
de publicación: 1992.
“No hay manera de quitarles impunemente a los hombres su
juguete favorito… su juguete más adorado: la guerra. Ese mito… ese instinto
antiguo”.
“La guerra es un arduo trabajo y es un crimen, pero con
el paso de los años solo se recuerda el arduo trabajo mientras que el crimen se
olvida”.
Los muchachos de zinc es el segundo libro que
leo de la autora bielorrusa Svetlana Alexiévich. Escrito bajo el formato de literatura documental, recopila
monólogos de varias personas que participaron durante la invasión de la URSS en
Afganistán entre los años 1979-1989. Los monólogos abarcan desde tenientes,
granaderos, enfermeras, administrativos, viudas y madres. Sin duda alguna, los
monólogos de las últimas son los que más me tocaron, siendo relatos dolorosos:
madres que recibieron a sus hijos en ataúdes de zinc (de ahí el nombre del
libro); madres que pensaban que, al participar en la guerra, iban a contribuir
con algo positivo para el estado y el partido comunista de la URSS; madres que
se quedaron solas con un dolor que seguramente nadie va a comprender 100%.
Los monólogos expresan dolor, angustia, ansiedad,
una especie de resentimiento por aquello prometido: representar a una nación,
una cultura, una tierra, brindar lealtad y tener orgullo por la patria. Como
bien se nombra en algún monólogo: la guerra era una “santa tarea masculina” y
los hombres tenían ese “deber filial” hacia su madre. La patria .
La autora plasma, en la mayoría de los monólogos, el arrepentimiento de los que participaron
de la guerra: "una guerra
innecesaria", dicen algunos; otros, "una guerra infundada por
defender una patria que no había necesidad de defender". Se hablaba de una
invasión disfrazada de "solidaridad socialista"; una guerra que hace
al hombre cruel, o reafirma lo que ya es por naturaleza, como lo refleja la
siguiente frase: "Una bestia jamás
podría ser tan cruel como lo es el hombre, tan artística y estéticamente
cruel", o como la siguiente: "El
hombre es capaz de conquistar el cosmos, pero las personas se matan entre ellas
exactamente igual que hace miles de años". Esto después trajo consecuencias, que
derivaron en una serie de juicios con
denuncias por parte de los mismos participantes hacia la autora. Esto fue así ya que, algunos años después, se sintieron avergonzados por sentirse “traidores” al partido.
Extractos de los juicios se encuentran en algunas ediciones del libro.
El libro, al pertenecer al género de la literatura
documental, explora la realidad de la guerra a través de una escritura que
combina narración, investigación y reflexión. No se trata solo de una sucesión
de monólogos que relatan historias, sino de una obra que va mucho más allá: nos
invita a un viaje de concientización en un contexto actual donde la guerra
parece una constante. La autora deja clara su postura, catalogando a la guerra
como algo profundamente innecesario. Más allá del conflicto bélico en sí,
también se aborda otra guerra: la de las madres. Esa lucha silenciosa que ellas
enfrentan tras la muerte de sus hijos. Una guerra contra la soledad, la
tristeza y la desesperación.
A través de las narraciones, los testimonios muestran cómo, durante los años de la guerra, no se fabricó nada nuevo: ni jeringas, ni ropa, ni medicamentos, etc.; muestran cómo aquellos que sí regresaron a casa después de años de combatir, una vez estando en la URSS, manifiestan que todo es diferente, que aunque tengan el mismo nombre, son personas distintas; muestran cómo, una vez estando en casa, algunos estaban tan acostumbrados a la guerra, que solicitaron irse a otro país a combatir, porque estando en casa ya no sentían ese click especial en su vida.
Es un libro interesante, fuerte, directo, que nos
transporta a un mundo que quizás no conozcamos directamente como protagonistas,
como lo es el mundo de la guerra, pero cuyos sentimientos que transmiten sí son
conocidos: el odio, el miedo, la incertidumbre, la solidaridad, y que, gracias
a ello, podemos conectar con cada uno de los participantes.
Una pregunta a modo de reflexión: ¿Se nos enseña el
oficio de la guerra o la tenemos incorporada en nuestros genes que solo, con
una pequeña chispa, la detonamos? ¿Somos asesinos por naturaleza?
Frases que más me gustaron:
“En una guerra todo es distinto: tu ser, tu naturaleza,
tus pensamientos. Aquí he comprendido que el pensamiento humano puede llegar a
ser muy cruel”.
“Una bestia jamás podría ser tan cruel como lo es el
hombre, tan artística y estéticamente cruel”.
“Pensar en la muerte es como pensar en el futuro. Algo le
ocurre al tiempo cuando piensas en la muerte, cuando la observas. Al lado del
miedo a la muerte está el atractivo de la muerte…”.
“Me acostumbré a la muerte ajena, pero la mía me
espantaba”.
“El miedo es más humano que la valentía. Eso lo comprendí
pronto. Sientes miedo y compasión, aunque solo sea por ti mismo… Miras a tu
alrededor, empiezas a fijarte en la vida… Todo seguirá viviendo, pero tú
desaparecerás”.
“El hombre es capaz de conquistar el cosmos, pero las
personas se matan entre ellas exactamente igual que hace miles de años”.
“En la memoria guardo mi propio cementerio personal, mi
propia galería de retratos. Enmarcados en negro”.
“Pero si te cae una carga encima y no te quebrantas, a la
larga te aporta satisfacción”.
“Solo la religión cree que los muertos necesitan ser
recordados. Yo prefiero pensar que los muertos no sienten dolor, no sienten
miedo y no se avergüenzan”.
“Recordar… es igual que meter una mano en el fuego”.
“Hay que partir de un hecho: somos animales y nuestra
naturaleza bestial solo la cubre una finísima capa de cultura, de
melindrerías”.
"¿Qué es el amor? La gente dice que ama según lo que
se imaginan que es el amor, pero amar es un trabajo tremendo, sangriento, diario.
¿Si he amado? Le digo sinceramente: “No lo sé”.
“La muerte es un gran tránsito; debes esperarla como a
una novia”.
“Yo nací aquí… La patria, igual que a la mujer amada, uno
no la elige, es algo que te concede”.
"En cambio, ahora envidio a los muertos. Los muertos
no sienten dolor…”.
“¿ Dónde la han herido? —En el corazón”.
“¿Qué clase de guerra era aquella? La guerra de las
madres: ellas también combatieron”.
“Al fin y al cabo, el ser humano es muy dependiente… El
hombre ni siquiera sabe hasta qué punto depende de sus actos, de aquello que le
ha tocado vivir. El miedo vive con él…”.
“Morir siendo feliz
debe ser horrible. Aún más horrible. “Siento lástima por mi madre”.
“Solo hay un gramo de humano en el ser humano. Una gota.
Es lo que comprendí de la guerra. Si le falta comida, se vuelve cruel. Si se
siente mal, se vuelve cruel”.
“Yo no comprendía que tuviera que salvar a mi hijo con
dinero; lo salvaba con mi alma”.
“Con este dolor en el alma no se puede vivir una vida
larga. “Ni con estas ofensas”.
“Los hombres combaten en la guerra, y las mujeres lo
hacemos después… nosotros combatimos después de la guerra”.
“Estaba entero por fuera, pero ardía por dentro”.
“No recuerdo los días… recuerdo las heridas”.
"¿Quién les ha dicho que perdimos la guerra allí? La
perdimos aquí, en casa. En la Unión Soviética.
“Lo más terrible llegó después. Lo más terrible… fue
acostumbrarme a la idea de que no debo esperarlo, de que ya no tengo a nadie a
quien esperar. Aún así, durante mucho tiempo lo tuve esperando…”.
“Aquí solo se encuentran las partes perjudicadas: el amor
que rechaza la amarga verdad sobre la guerra; la verdad que debía pronunciarse
a pesar del amor; el honor que no acepta ni el amor, ni la verdad porque, tal
como dice el código del oficial ruso: ‘Estoy dispuesto a entregar mi vida a mi
patria, pero no le cederé a nadie mi honor’".
“No hay manera de quitarles impunemente a los hombres su
juguete favorito… su juguete más adorado: la guerra. Ese mito… ese instinto
antiguo”.
“La guerra es un arduo trabajo y es un crimen, pero con
el paso de los años solo se recuerda el arduo trabajo mientras que el crimen se
olvida”.
“Son hormigas, no saben que existen las abejas y los
pájaros. Quieren que todos seamos hormigas. Es un nivel de conciencia
diferente…”.
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